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Pierre Michon – Varios Historico

Con la publicación de El rey del bosque y Abades, Ediciones Alfabia sigue apostando por dar a conocer al lector español obras todavía inéditas de quien puede catalogarse, sin miedo a caer en las exageraciones típicas del medio editorial, uno de los autores verdaderamente fundamentales de la literatura europea actual. Las cuestiones de la gloria y la carne, del poder, el arte y la fe, son tratadas magistralmente en estas páginas: la sed, en mitad de la ciénaga del mundo, de una plétora, celeste o material, que colme la nada.



En este nuevo libro de Pierre Michon se amalgaman de hecho dos obras: Cuerpos del rey y Tres autores. El tí tulo del libro procede de uno de los textos incluidos: de la contemplación de una foto de Samuel Beckett ante la que Michon recupera la división medieval entre los dos cuerpos del rey: el cuerpo imperecedero de la monarquí a y el perecedero del hombre. Y así ocurre con Gustave Flaubert o William Faulkner. Y también con François Villon y Victor Hugo como puntadas ocultas en la trama del propio Michon. Y con la belleza cegadora de un ignoto escrito de Muhamad Ibn Manglî, escritor cairota del siglo XIV. Y además Tres autores: de nuevo Faulkner, y los otros dos, Balzac y Cingria. «En el principio fue la emoción.», Y Michon nos dice que la emoción nace del placer del lector. «San Balzac. Más allá de la broma, está el incalificable goce de escribir.», Cingria: «Es la alegrí a cadente. Es la aparición de lo que se escribe y se canta.», Faulkner: «Esa voluntad enunciativa…, ese deseo violento que preside sus frases.», Poco importa, a la postre, de quién nos hable Michon: todos, al toque de su pluma, que es a un tiempo escalpelo y varita mágica, piedra filosofal al derecho y al revés, serán minúsculos y mayúsculos, enanos y gigantes, carne mortal fallida y arquetipo: los dos cuerpos del rey.

Con la publicación de El rey del bosque y Abades, Ediciones Alfabia sigue apostando por dar a conocer al lector español obras todavía inéditas de quien puede catalogarse, sin miedo a caer en las exageraciones típicas del medio editorial, uno de los autores verdaderamente fundamentales de la literatura europea actual. Las cuestiones de la gloria y la carne, del poder, el arte y la fe, son tratadas magistralmente en estas páginas: la sed, en mitad de la ciénaga del mundo, de una plétora, celeste o material, que colme la nada.



Un cuadro del Louvre: Los Once, los once miembros del Comité de Salvación Pública que, en Francia y en 1794, rigió el gobierno revolucionario del año II e instauró ese período que conocemos con el nombre de la Terreur, el Terror. Pierre Michon es el gran recopilador de biografías oscuras, de teselas minúsculas e invisibles a primera vista, pero que componen los mosaicos de la literatura, de la historia, de la pintura, del hombre, en resumidas cuentas. Ese cuadro que no está en el Louvre pero podría haber estado, Los Once, cambia, tras su cristal blindado, según el lado desde donde lo mire el visitante. Y son cambiantes esos once “apóstoles laicos” que pudieron, dice Michon, ser el Pueblo, «el alma colectiva de 1789» y, a la postre, fueron «el regreso del tirano global» que quiere hacernos creer que es el pueblo: «No once apóstoles, sino once papas».



Los magníficos relatos de Mitologías de invierno muestran un estilo diferente, un desarrollo de la frase necesariamente más corto pero igualmente preciso y sugerente. A través de hábiles pinceladas, el narrador, como si fuera el propio Destino, traza los doce perfiles, estas doce vidas breves (santas, espeleólogos, víctimas del Terror revolucionario francés, guerreros hastiados de la sangre y el saqueo,…), que tienen lugar en diferentes épocas pero que se desarrollan en un entorno geográfico acotado: Irlanda y el Causse francés. Es ésta una galería de retratos, de biografías minimalistas, donde el archivo y la leyenda cobran vida para componer un fresco de la condición humana, una reflexión sobre los problemas de la fe, el deseo y el poder y, en el fondo, como siempre (e íntimamente relacionado con lo anterior), sobre la escritura, sobre ese “invierno impecable” de los libros, donde los nombres intentan recordar y conservar el fulgor de la existencia.



Este libro es una apasionada mezcla de biografía, ensayo, novela y poema en prosa, un intento de llenar ese hueco dejado por las cartas perdidas que el jovencísimo Rimbaud enviaba a los poetas consagrados de su tiempo.

En este libro fulgurante, habitado por el arte, se recogen cinco textos consagrados a artistas: Francisco de Goya, Antoine Watteau, Piero della Francesca, Vincent Van Gogh y Claudio de Lorena. Ficciones biográficas, fragmentos de existencias y también metáforas autobiográficas, parábolas en las que pelean la soledad y la amargura y donde florece, implacable, la irrisión lúcida. Una escritura que ha hecho evocar la grandeza de Saint-John Perse o los poemas alucinados de Rimbaud, aunque Pierre Michon tiene una voz singularísima, única.


Tres autores: Faulkner, y los otros dos, Balzac y Cingria. «En el principio fue la emoción.», Y Michon nos dice que la emoción nace del placer del lector. «San Balzac. Más allá de la broma, está el incalificable goce de escribir.», Cingria: «Es la alegría cadente. Es la aparición de lo que se escribe y se canta.», Faulkner: «Esa voluntad enunciativa…, ese deseo violento que preside sus frases.», Poco importa, a la postre, de quién nos hable Michon: todos, al toque de su pluma, que es a un tiempo escalpelo y varita mágica, piedra filosofal al derecho y al revés, serán minúsculos y mayúsculos, enanos y gigantes, carne mortal fallida y arquetipo: los dos cuerpos del rey.



Parece imposible que la existencia del cartero Joseph Roulin tuviera otro sentido que inspirar el famoso retrato de Van Gogh. Michon se demora en este personaje para recrear los últimos años del loco de Arles. La prosa de Michon revela una exquisita sensibilidad para el detalle y el matiz.

Mezcla sabia e irrepetible de géneros, este libro crea la figura del biógrafo biografiado, o de una biografía hecha a base de la reconstrucción de vidas ajenas: vidas minúsculas de sus abuelos, sus compañeros de clase en la provincia francesa o el niño huérfano que, como un «Rimbaud fracasado», se va a África en busca de una fortuna quimérica. Un libro minúsculo y grandioso, convertido en todo un clásico contemporáneo de las letras francesas.

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